Bien vale París una misa , diría Víctor Hugo, cuando terminaba de leer las últimas hojas del libro de la Evolución de las Especies, logrando entender que la herencia no era ni muchos menos un milagro de la vida de forma aislada, sino el resultado de un minucioso y selectivo proceso de la naturaleza donde el azar juega un papel preponderante pero no único, Darwin lograba así por vez primera vislumbrar las huellas de la humanidad al caminar por este universo,
La clave que haría inmortal a la ciencia,
Era el primer eslabón que nos llevaría años posteriores al singular entendimiento del comportamiento de los genes, la transducción de información para el ensamblaje de simples moléculas a más complejas, simplificando el trayecto del big bang a la construcción de proteínas que tendrán por objeto la perpetuación de la especie humana en su trasegar por la vida.

El universo ha guardado celosamente esta información casi desde el inicio de su creación, depositándola en unas de sus obras más perfectas, el hombre, el homo sapiens; 
Hemos sido por así decirlo, el grial de esa información mística encriptada por milenios a los ojos de la humanidad, enrrollada en la intimidad del núcleo de la vida, el ADN. 
En una mirada retrospectiva, al momento de abordar la moderna ciencia, casi sin aliento nos quedamos al imaginarnos como nuestros antecesores sin poseer la tecnología, la herramienta precisa, pudieron entender de manera abstracta, este oráculo que les vaticinaba el nacimiento de una nueva era, que daría paso sucesivamente a algunas de las tantas ciencias omicas,  genómica y la proteómica, nuevas teorías y paradigmas que han cambiado drásticamente el curso de la medicina actual y nuestra manera de entender y abordar las enfermedades más comunes que nos aquejan. 
El objetivo de la ciencia, no sería el entendimiento absoluto de los fenómenos como tal, describir nuevos modelos aplicativos y altamente reproducibles para el bien de la humanidad, porque con cada entendimiento y descubrimiento enriqueceríamos de complejidad nuestras cavilaciones, habrían más y más acertijos por resolver y entender, lo cual siempre nos mantendría en el punto de partida, como en la paradoja de tortuga de Aquiles, 
El objetivo de la ciencia es hacernos más buenos, mas humanos, entender nuestra propia esencia, danzar a nuestro propio ritmo, redescubrir realmente de que y para que estamos hechos, cual es nuestra función biológica y ontológica en ese “gran instante” que es nuestra propia vida.
Hoy estamos ad portas de entendernos más de cerca, cuando miramos con que humildad se expresan los genes, pero con gran elocuencia, sin perturbar el trabajo de sus semejantes (las proteínas), siempre manteniendo el equilibrio, la verdadera homeostasis molecular, perpetuando la información contenida en su ancestro más antiguo, el ADN, esa macromolécula poderosa y maravillosa por lo que todo está hecho.

Rafael Eduardo Cervantes López

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