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Mostrando entradas de 2026

El Velorio

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 EL VELORIO - ANASTASIO ELÍAS MONTAÑO Nojoda compa… este sí supo jodernos la parranda. Y bien jodida, oiga…  respondió el otro, secándose el sudor del cuello. A mala hora vino a morirse este man. Nosotros que veníamos era a bebe, a goza las fiestas patronales… y a caerle al burdel ese… ¿cómo es que se llama me dijo uste? “El Mejor Polvo”, compa. Ese mismo… nojoda, hasta el nombre promete. Se miraron entre ellos y soltaron una risa corta. Y míranos ahora… metidos en un velorio que no es ni nuestro. Sin tener velas en este entierro, llorando un muerto ajeno compa. La casa estaba abierta de par en par. El calor no daba tregua. El piso, de cemento gris pulido, había sido trapeado con petróleo blanco, querosene, dejando ese olor fuerte que se mezclaba con el café cerrero y las flores silvestres. En la pared del fondo, una sábana blanca colgada, como queriendo imponer pureza, como recordando que ahí había un muerto y que eso exigía silencio. En el centro, ANASTASIO ELÍAS MONTAÑO. No...

El Jardinero del Prado

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  CERRANDO CÍRCULOS DE VIDA – EL ENCUENTRO CON MAÑE EL JARDINERO Aquella mañana entré a la habitación del paciente con la rutina que da la costumbre después de muchos años tratando enfermos de cáncer. Esperaba encontrar otro rostro fatigado por la enfermedad, otra historia clínica más entre tantas que uno aprende a llevar con serenidad. Pero al levantar la mirada lo vi. Sentado en la cama, con los años reposándole sobre los hombros como una sombra larga, estaba Manuel, el legendario jardinero de ébano del barrio El Prado. Durante unos segundos me quedé inmóvil, tratando de reconciliar al anciano que tenía frente a mí con el hombre que mi memoria guardaba entre mangos, guayabas y el sol ardiente de la Barranquilla de mi adolescencia. Entonces habló. Y su voz bastó para abrir una puerta que llevaba décadas cerrada en mi memoria. Mi sorpresa fue mayúscula porque, a pesar de los muchos años transcurridos, Mañe, como solemos llamar en la costa a los Manueles, logró reconocerme casi...

CERRANDO CICLOS DE VIDA: La costurera de Beethoven

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  3 de marzo de 2026   CERRANDO CÍRCULOS DE VIDA “LA COSTURERA DE BEETHOVEN”   I. LA MOJANA: EL ORIGEN INVISIBLE   Este episodio comienza hace más de cincuenta años, a finales de la década de los sesenta, con un punto de partida muy preciso: La Mojana.   Arquímedes López, un errante agente viajero, que por ese entonces recorría la región Caribe de extremo a extremo, llevado por su oficio de pueblo en pueblo, entre caminos de polvo, ríos lentos y conversaciones que casi siempre comenzaban con un café, llegó en uno de sus tantos recorridos a La Mojana.   Ese territorio mágico y anfibio del Caribe colombiano, donde los ríos se encuentran con las sabanas y donde el tiempo parece transcurrir con un ritmo propio, una tierra bendita a la que en verano se entra por caminos secos y polvorientos y en invierno por chalupas que avanzan entre aguas crecidas, un lugar como salido del realismo mágico, donde ya transcurrían, sin que muchos lo supieran, hechos...

CERRANDO CICLOS DE VIDA - Mi último carnaval

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  Mi último carnaval Hoy solo me quedan los recuerdos. Recuerdo que para estos días ya teníamos la pinta lista, la única que aguantaba los tres días del carnaval. No había más. No hacía falta más. El emblemático “Pantalón de terlenka de Bota Ancha”, la correa de cuero de tres dedos de ancho rematada con cipote hebilla de bronce, y la inigualable franela amansa-loco, y colgada en cruz sobre el pecho, como un escudo de armas, la compañera y alcahueta fiel, la mochilita carnavalera de cabulla de tres colores. Ahí reposaba la camiseta de repuesto, el paquete de cigarrillos “picha e’ perro”, la botellita de ron —que si era de color blanco —, el potecito casi gastado de Yodora, el desgastado cepillo de dientes y el infaltable pote de Maizena. Éramos pobres de bolsillo… pero millonarios de ganas. No portábamos documentos de identidad, sol bastaba decir de quién éramos hijos. Éramos “adolescentes y considerados de buenas familias”, y la policía, cuando nos requería, nos dejaba tranquilos. ...

CERRANDO CICLOS DE VIDA - El encuentro

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  s                                       El encuentro Era la década de los ochenta. A comienzos de esos años, en Barranquilla se inauguraba el monumental Teatro Amira de la Rosa. Para ese entonces, yo era apenas un estudiante que hacía sus pininos en la Facultad de Medicina. Por aquellos días asistí acompañado de la mujer que, años más tarde, se convertiría en mi compañera permanente. Fuimos con un entusiasmo casi infantil, difícil de describir, atraídos por lo que intuíamos sería, y lo fue, la mejor revista musical que jamás se presentara en aquel teatro emblemático. A ambos nos gustaba el ballet, y esa noche se presentaba Alexander Godunov con su grupo, quien era uno de los bailarines vivos más grandes del mundo, el célebre desertor del Ballet Bolshói de la hoy extinta Unión Soviética. Ese día ocurrió la segunda gran singularidad de mi existencia. Ver volar, como ...

CERRANDO CICLOS DE VIDA - Epifanía, Aquí comienza la locura

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  Epifanía, Aquí comienza la locura "Acá están todos los que son y nunca estarán los que ya no son" ------------------------------------------------------------------------------------------------------- Allí me encontraba, en medio de tantas y tantas lecturas, y ya no sabía si era yo quien abría los libros o si eran ellos quienes me abrían a mí.  El estudio respiraba como un organismo vivo, las paredes vibraban con Beethoven y Mahler, ambos desafiando al destino con sus sinfonías que quedaron inconclusas, como si la eternidad hubiese interrumpido la última nota para recordarnos que la obra humana siempre es un fragmento como en una partitura. Mozart, joven, precoz, casi insolente en su genio, dejaba caer travesuras musicales que parecían burlarse de la solemnidad de los siglos, mientras Dvorák arribaba al Nuevo Mundo con su sinfonía como si América fuese una promesa armónica aún por descifrar. Strauss elevaba su Así habló Zaratustra con una potencia solar que hacía temblar l...

CERRANDO CICLOS DE VIDA - Mi esudio

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  Cerrando ciclos de vida – El estudio – Cuando decidí mudarme a “mi refugio”, comprendí que no estaba cambiando de habitación, sino de estación del alma. No era un simple desplazamiento físico dentro de la casa, era un gesto íntimo, casi biológico, como cuando una célula se repliega sobre su núcleo para proteger lo esencial. Allí entendí que pasaría la mayor parte del tiempo que me queda por existir, cómodamente instalado en un sofá amplio y firme, testigo silencioso de mis largas noches de vigilia. No como quien se rinde, sino como quien decide custodiar su territorio. Mi estudio no es un cuarto. Es un organismo. Respira. Tiene un pulso lento que se activa cuando abro un libro, cuando escribo una prosa, cuando evoco a mi musa, cuando la aguja del tocadiscos desciende con precisión casi quirúrgica sobre un LP, cuando el mecanismo antiguo de una grabadora deja escapar el leve susurro magnético de una cinta. Cada objeto aquí posee memoria y temperatura, cada rincón guarda una conver...

CERRANDO CICLOS - El Palomar

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  CERRANDO CÍRCULOS - LOS DOMINGOS EN EL PALOMAR   Me gustaban los domingos. Para mí eran el día perfecto de la semana. En aquellos días todo tenía un ritmo distinto. El hogar amanecía más tranquilo, sin la prisa de los días de escuela y, sobre todo, había algo que para nosotros era esencial…la familia aún estaba completa. Desde muy temprano comenzaba esa pequeña liturgia dominical que toda vía hoy puedo evocar con claridad. Mi padre solía salir temprano a buscar las delicias del desayuno. Caminaba hasta la panadería La Mejor y regresaba con bolsas de pan aún tibio y otras cosas que, para nosotros, eran verdaderos manjares. Luego todo pasaba por las manos de nuestra madre, que tenía el don de convertir aquel desayuno en un pequeño acontecimiento familiar.   Había además otro ritual que anunciaba el domingo: ver a mi padre lustrar los zapatos. Con paciencia aplicaba el betún Cherry Negro hasta dejarlos relucientes como espejos. Era una escena que se repetía semana tras sem...