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CERRANDO CICLOS - LA CASA MATERNA

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LA CASA MATERNA No  me mires con desprecio, recuerda que para muchos sigo siendo agradable y acogedora. Aún atesoro los olores y conservo los recuerdos familiares. Todavía me engalano de flores, almendros  y de  acacios  majestuosos a mi alrededor. Diariamente me jubileo con el bullicio de las avecitas que muy temprano me  visitan en el jardín que los tuyos plantaron. Por mi han pasado varias generaciones, Infinitas pisadas se posaron sobre mí, sobre mis baldosas que otrora brillaron con ostentación y excelsitud mostraron.  Cuántas y a cuantos bajo mi techo tuve que acoger. A ti te forje un lugar seguro, cálido y tranquilo al que llamastes "mi casa". Conmigo disfrutaste de los días, meses y años , como también de las mejores épocas de tu vida,  junto a los seres qué tanto amas y amastes. Recuerdas? No me Desprecies. Hoy mis puertas y ventanas están vencidas pero siguen abiertas para ti. Mis muros se agrietan y se descascaran y mis pisos despulidos.por ...

CERRANDO CICLOS - LA CASA DE LOS GALVIS

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La casa de los Galvis. ¿Dónde estás?: dónde los Galvis ¿Dónde queda?: cerca a los Galvis. ¿Y qué queda cerca?: la casa de los Galvis. En aquellos años, esa respuesta bastaba. Era una referencia obligada en el viejo barrio de El Prado, tan emblemática que merecía estar registrada en la georreferenciación del “Instituto Agustín Codazzi”. Cuando me mudé frente a ella —un adolescente de catorce, quizá quince años— apenas empezaba a asomarme a la vida.  Era la década de los setenta, y la casa de los Galvis ya era por ese entonces un pequeño mundo aparte: icónica, ruidosa, luminosa. Estaba situada en una esquina visible, de esas que parecen vigilar el barrio entero, y en cuyas líneas confluía, casi a diario, una muchedumbre de jóvenes estudiantes (universitarios y bachilleres). Siempre tenía sus puertas marrones de dos hojas  abiertas. Cualquier intruso —como yo— podía asomarse con la esperanza de entablar amistad con sus habitantes y pertenecer a ese grupo selecto que religiosament...

SOMOS UN MONTON DE ANECDOTAS

Ya no tenemos grandes proyectos. Sembramos lo que había que sembrar, y la vida —generosa o áspera— nos devolvió un poco, o tal vez mucho, de aquello que un día dimos sin medida. Hoy nos sentamos, en silencio, a contemplar nuestros frutos: los esfuerzos convertidos en historias, los logros respirando en ellos, los nuestros, los que llevan en la piel una chispa de lo que fuimos. Nos hemos vuelto anecdóticos, hablamos sin que se nos pregunte, casi relegados, casi distantes, siempre recogidos en ese pequeño mundo donde caben los recuerdos y los días que todavía mascamos despacio. Un suspiro profundo, una pausa que quisiera volverse eterna, porque ahora entendemos —al fin— que el oro más precioso no fue nunca la prisa, sino el TIEMPO compartido, la compañía tibia de los nuestros, estar, simplemente estar. No duelen los años, duele el olvido, duele ese retiro silencioso que se instala sin pedir permiso. Y aun así, seguimos entregándolo todo, porque aún somos nudos sensibles que se amarran a ...