EL SÍNDROME PETRO
“Mi mujer piensa que debemos arreglar primero nuestras vidas familiares y luego el país en que vivimos.”
Decir "Petro" es equivalente a una obscenidad para las mentes más radicales de la ultraderecha y, aún más, para muchas personas que simplemente le tienen aversión sin saber por qué. Se ha satanizado a un líder político identificado con la “izquierda” de un país que no tiene norte ni brújula.
Pero si pretendemos ser analistas críticos de los hechos, tenemos aquí otra oportunidad —una papaya, como se dice coloquialmente— para desenmascarar a quienes realmente le han hecho un gran daño al país: los dueños de los megacontratos, los amos y señores de nuestros destinos, que toman decisiones inconsultas junto a sus lacayos y escribanos atornillados en el Congreso y en otras altas posiciones. Ellos deciden qué comeremos, cómo viviremos o moriremos. Y si alguna voz se levanta, si alguien protesta o simplemente se muestra en desacuerdo, se le tilda de subversivo, comunista, transgresor, o cualquier otro calificativo despectivo.
Hoy, el turno es para el señor Petro, quien se encuentra en la palestra, en el ojo del huracán. Contra él actúan todas las fuerzas antinaturales que buscan aniquilarlo o borrarlo del mapa político, simplemente por estar en la oposición del gobierno actual y atreverse a denunciar a quienes han ejercido impúdicamente el control del poder, robándose descaradamente el país. Esto ha generado un profundo malestar entre los políticos mafiosos, que ven cómo se reducen sus posibilidades de seguir expandiéndose y temen perder el control.
Me he anticipado en decir que esta es nuestra única oportunidad histórica para hacer bien las cosas. De lo contrario, en las próximas elecciones, por mucho que se manipulen los resultados, solo Dios sabrá qué tipo de gobierno llegará al poder.
Ahora bien, esta actitud valiente no exime a Petro de la posibilidad de ser un corrupto o algo peor que aquello que denuncia. Pero hay que probárselo. Mientras tanto, debemos avanzar en la investigación del caso Grupo Aval y Odebrecht, y destituir al actual fiscal, aun a riesgo de que nombren a alguien aún peor. Pero, como suele suceder en este país, probablemente no pasará nada. La gente seguirá muriendo de hambre o de amor, los índices de calidad de vida seguirán maquillándose, la prosperidad será para unos pocos, y a muchos solo les quedará el remordimiento de haber elegido —y seguir eligiendo— a los mismos de siempre, condenándose a esta soledad impuesta por el Estado.
El problema no lo generan los buenos o malos “Petros”; el verdadero problema es el conformismo, la facilidad con la que aceptamos que esto ocurra. Porque muchos, muchísimos en este país, nos hemos beneficiado de la corrupción y seguiremos haciéndolo. Y, llegado ese punto, ya no hay nada que hacer.
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