LA CREACIÓN

La creación es un término utilizado por los creyentes, deístas, teístas y fundamentalistas para referirse a la obra de Dios, o sea, lo definido formalmente como universo y todo lo que en él ha existido y existirá, en contraposición al concepto naturalista o al evolucionismo continuado que no admite o considera la micro evolución sino la macro evolución de todo lo vivo y existente, sin tener en cuenta aspectos tales como la fe o el libre albedrío, acá se sustenta el panteísmo, materialismo científico, el darwinismo continuado, el reduccionismo, el agnosticismo, el ateísmo y cualquier corriente que esté en contraposición al hombre creado.

Por otro lado, existe la gran controversia del siglo XXI entre la aceptación de un Dios creador, de un universo eterno e inmutable y la evolución que pende en la selección natural y sustenta un único ancestro común para todas las especies.

Esta controversia o discusión a la fecha no está zanjada y al parecer no lo estará durante mucho tiempo, hasta tanto no se definen algunos conceptos, teorías cosmológicas y se replanteen los grandes paradigmas que están ad portas de la ciencia actual, tales como los conceptos de universo y materia oscura, radiación cósmica, universos paralelos, teorías de cuerdas y conceptualización de algunas micropartículas como los neutrinos y taquiones y resolverse problemas que atañen a la mecánica cuántica como la curvatura espacio-tiempo y el vacío absoluto o vacío cuántico para otros.

De igual manera están los avances y evidencias científicas en los campos de la cuántica, biología molecular, de la genética y epigenética, la antropología, las neurociencias, sociobiología, astrofísica y cosmología, que de alguna manera respaldan el evolucionismo darwiniano continuo en sus apartes más fundamentales, tales como la selección natural de las especies.

A estas controversias se suman los conceptos filosóficos modernos que analizan la espiritualidad y defienden la tesis que todo lo creado no solo es materia y que justamente esta provenía desde los inicios mismos del universo, ósea desde antes de la primera singularidad, del big-bang o gran colapso, sucedido aproximadamente 14 mil millones de años, de algo inmaterial que en esencia es espiritualidad, le dan un enfoque a la aparición del pensamiento o razón, como un proceso de no continuidad evolutiva, ligada a una conciencia o inteligencia superior y universal que trazó el plan divino en contraposición incluso a la propia entropía.

Con esta información ya se puede empezar a realizar un análisis verdaderamente serio y no caer en futilezas, especulaciones escolásticamente bizantinas y estériles que obligan a abandonar el racionamiento serio.  

De cualquier manera, ambos enfoques no son rechazados por una abrumadora minoría seria, que se dedica al estudio de la teología y a la ciencia y que consideran a una inteligencia consciente universal como el equivalente del creador de todo lo existente.

Al parecer la una le da un papel preponderante al hombre como el producto de la creación, un arquetipo inamovible que evolucionó sometido solo a varios cambios pequeños en las especies por variación y selección natural (microevolución), estos adeptos son conocidos como creacionistas de la tierra joven (CTJ) en contraposición a los defensores de la macroevolución, concepto que permitiría que una especie evolucione a otra.

Por otra parte, está una de las grandes singularidades producto de los crecimientos exponenciales tecnológicos y la convergencia de los inventos más trascendentales en los últimos 150 años, hago referencia a la inteligencia artificial (IA), que plantea grandes problemas éticos, pero a la vez se presenta como una respuesta a incógnitas en muchas áreas, como en los campos de la salud y la informática cuántica, como también al desarrollo de conocimientos aplicados en diferentes sectores entre otras.

Argumentos tales como la flecha del tiempo, el ancestro común, la materia primigenia, el universo observable, que a lo largo de las últimas dos décadas han surgido en el campo de la astrofísica se han convertido en pruebas irrefutables del inicio del universo.

No se abraza la fe por la fuerza, solo se llega a ella por la certeza axiomática, o por la irrefutable evidencia que nos brinda la vida en un momento que llamamos o conocemos como “experiencia espiritual”, de lo contrario simplemente no se acepta o no se asume que uno sea un hombre de fe sin dejar de ser un hombre de profundas convicciones.

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