CERRANDO CICLOS - LA CASA DE LOS GALVIS









La casa de los Galvis.

¿Dónde estás?: dónde los Galvis

¿Dónde queda?: cerca a los Galvis.

¿Y qué queda cerca?: la casa de los Galvis.

En aquellos años, esa respuesta bastaba. Era una referencia obligada en el viejo barrio de El Prado, tan emblemática que merecía estar registrada en la georreferenciación del “Instituto Agustín Codazzi”.

Cuando me mudé frente a ella —un adolescente de catorce, quizá quince años— apenas empezaba a asomarme a la vida. 

Era la década de los setenta, y la casa de los Galvis ya era por ese entonces un pequeño mundo aparte: icónica, ruidosa, luminosa. Estaba situada en una esquina visible, de esas que parecen vigilar el barrio entero, y en cuyas líneas confluía, casi a diario, una muchedumbre de jóvenes estudiantes (universitarios y bachilleres).

Siempre tenía sus puertas marrones de dos hojas  abiertas.

Cualquier intruso —como yo— podía asomarse con la esperanza de entablar amistad con sus habitantes y pertenecer a ese grupo selecto que religiosamente ocupaba uno de los bordillos más famosos de la "calle 64".

Mi hermano mayor y yo, recién llegados al barrio, mirábamos incrédulos la cantidad de vehículos y de gentes de todas las edades que circulaban por ahí. Hubiéramos jurado que aquello era un club social. Atisbábamos desde nuestra acera, casi en secreto, hasta que los vimos: "los gordos", como los llamaban con cariño; y ellas, las cinco mujeres, las Galvis, frescas, alegres, contemporáneas.

Pero la figura que más nos impresionaba era la de aquel señor alto y fornido, con aire de personaje salido de una pelicula del far west. Mi hermano insistía en que era John Wayne. Imponente, amable, educado. Cuando nos veía, nos regalaba una sonrisa amplia y dulce, una mezcla rara de severidad y ternura.

Un día, con esa voz suya —grave y suave a la vez— nos dijo:

“A ver jovenes, por qué no se animan… crucen la calle y conozcan a los muchachos.”

A partir de ese instante, yo también entré a formar parte de aquella familia extendida. Me convertí, sin proponérmelo, en otro hermano de los Galvis.

La casa era un jolgorio inagotable.

Los viejos se acomodaban en las escalinatas de la entrada y se enredaban en largas polémicas bizantinas y escolastivcamente esteriles. Los jóvenes hablábamos de asuntos más livianos, mas triviales, pero urgentes para nuestra edad. Y la gente no paraba de llegar ni de irse: era como si la vida hiciera turno allí.

En cualquier momento aparecía  “el Bombero”, el viejo toyota rojo, cargado de un pelotón entero. Ese mismo pelotón que se apretujaba en el vehículo para asistir, como un destacamento, a fiestas, grados, quinceañeros… Lo que hubiera. La consigna era simple: colarse donde hubiera ruido, allí estábamos.

Y cuando llegaba diciembre…

Ay, diciembre.

Era otro universo.

Doña Bas, la matrona —como la nombraba con cariño Don Germán— nos recibía con sus exquisiteces caseras. Pero antes venían los sermones, los jalones de oreja y sus órdenes de mariscal de campo. Nadie escapaba a su disciplina amorosa.

Por esos días, todos éramos jóvenes soñadores, intensos, solteros; nuestras familias estaban completas; el futuro parecía interminable. No imaginábamos pérdidas. No había sombras en el horizonte. Vivíamos atentos a lo que el mundo traía, siguiendo el ritmo que los días imponían, celebrando la amistad, la hermandad y aquellas fugaces historias de amor que duraban lo que duraba una canción.

Hoy han pasado casi cincuenta años.

A veces, cuando regreso a la casa materna, me quedo quieto un instante en la puerta y miro la acera de enfrente. Y ahí está: La casa de los Galvis.

Firme.

Enhiesta.

Como si se negara a renunciar a su propia leyenda.

Su bordillo sigue ahí, protegido. Pero no para los intrusos de antes.

Ya casi nadie se sienta en las escalinatas.

Ya no suena la voz de Doña Bas dando órdenes.

Ya Don Germán no sale con Héctor, con el Pibe y con Pilo rumbo al billar.

El Gordo se marchó sin previo aviso.

Las muchachas, las Galvis, hicieron sus vidas; la casa se llenó de nietos y sobrinos que no alcanzaron a conocer esa época gloriosa.

Y los míos también se han ido.

Mis padres, mi hermano…

Hoy solo quedamos dos dígitos de aquella larga lista familiar: mi hermana y yo.

Miro la esquina.

Inhalo profundamente, como si pudiera atrapar un aroma antiguo, casi invisible, ese olor que alguna vez me hizo tan feliz.

Los ojos se me humedecen.

La voz se me quiebra.

El tiempo me pesa y me abraza al mismo tiempo.

Y justo entonces, mientras intento contenerme, pasa un transeunte  cualquiera, sin saber nada de mi memoria ni de mi corazón, y me dice al vuelo:

“¡Adiós, vecino! Si le gusta la casa… se la vendo.”

Y sigo ahí, quieto, sin responder,

porque en esa esquina —como en pocas—

aún viven todos los que fuimos.

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