SOMOS UN MONTON DE ANECDOTAS
Ya no tenemos grandes proyectos.
Sembramos lo que había que sembrar,
y la vida —generosa o áspera—
nos devolvió un poco, o tal vez mucho,
de aquello que un día dimos sin medida.
Hoy nos sentamos, en silencio,
a contemplar nuestros frutos:
los esfuerzos convertidos en historias,
los logros respirando en ellos,
los nuestros,
los que llevan en la piel una chispa de lo que fuimos.
Nos hemos vuelto anecdóticos,
hablamos sin que se nos pregunte,
casi relegados,
casi distantes,
siempre recogidos en ese pequeño mundo
donde caben los recuerdos
y los días que todavía mascamos despacio.
Un suspiro profundo,
una pausa que quisiera volverse eterna,
porque ahora entendemos —al fin—
que el oro más precioso
no fue nunca la prisa,
sino el TIEMPO compartido,
la compañía tibia de los nuestros,
estar, simplemente estar.
No duelen los años,
duele el olvido,
duele ese retiro silencioso
que se instala sin pedir permiso.
Y aun así, seguimos entregándolo todo,
porque aún somos nudos sensibles
que se amarran a sus miradas.
A veces mezclamos los rostros,
nos miramos al espejo
y desconfiamos del extraño relajado
que nos observa desde el azogue.
Los jóvenes nos preguntan,
los adultos nos cuidan,
y más de una vez nos tratan
como piezas de museo:
—Pregúntale a tu viejo, él vivió esa época…
No somos viejos.
Somos memoria.
Somos voz que perdura.
Somos —todavía—
profundamente nuestros.
Somos, simplemente,
anécdota viva.
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