El Velorio
EL VELORIO - ANASTASIO ELÍAS MONTAÑO
Nojoda compa… este sí supo jodernos la parranda.
Y bien jodida, oiga… respondió el otro, secándose el sudor del cuello.
A mala hora vino a morirse este man.
Nosotros que veníamos era a bebe, a goza las fiestas patronales…
y a caerle al burdel ese… ¿cómo es que se llama me dijo uste?
“El Mejor Polvo”, compa.
Ese mismo… nojoda, hasta el nombre promete.
Se miraron entre ellos y soltaron una risa corta.
Y míranos ahora…
metidos en un velorio que no es ni nuestro.
Sin tener velas en este entierro, llorando un muerto ajeno compa.
La casa estaba abierta de par en par.
El calor no daba tregua.
El piso, de cemento gris pulido,
había sido trapeado con petróleo blanco, querosene,
dejando ese olor fuerte que se mezclaba con el café cerrero y las flores silvestres.
En la pared del fondo,
una sábana blanca colgada,
como queriendo imponer pureza,
como recordando que ahí había un muerto
y que eso exigía silencio.
En el centro,
ANASTASIO ELÍAS MONTAÑO.
Nombre grande.
Historia más grande todavía.
Un hombre singular.
Dueño absoluto del burdel “El Mejor Polvo”.
Casado con una mujer a la que le triplicaba la edad,
y marido, a su manera, de varias de las putas del establecimiento.
Dicen en el pueblo…
que más de la mitad de los pelaos
eran de él.
De esos que tienen hijos regados por el pueblo
como semillas que nadie recoge.
Por eso ese no era un velorio cualquiera.
Era un velorio sonado.
No esperado.
De esos que mueven gente de todas partes.
Habían llegado gentes de toda la región.
Hombres que lo conocieron.
Mujeres que lo vivieron.
Algunas, antiguas del burdel en sus años dorados,
hoy casadas o acomodadas con tipos importantes del pueblo,
pero con la mirada esquiva,
como si el pasado todavía respirara.
Ese nombre sí pesa…..
parece de santo… o de brujo.
O de los dos.
El muerto, mal maquillado,
duro, como si no hubiera terminado de soltarse.
Y ya comenzaba a sentirse.
Ni el querosene alcanzaba.
Compadre… ese ya va arrancando.
Shhh… que dicen que el muerto oye.
Y por un instante…
pareció cierto.
Como si Anastasio, desde el cajón,
estuviera contando.
Sumando.
Reconociendo.
Afuera, las comadres, rajando:
Esa no aguanta el luto…
Ni de vaina…
Con tanto pelao y el rancho ardiendo… porque la dejó preña…
Ajá… y joven… tú sabes cómo es eso…
Y eso sin contar los otros hijos….dijo otra .
porque ese hombre no perdonaba una.
Risas cortas.
Lenguas largas.
Aquí la diversión es esa, dijo uno de los compas.
hablar mal del prójimo… velar muertos…
y caer al burdel.
Y la mesa de billar.
Y acostarse temprano porque no hay más na’ que hacer…
solo cogé y cogé despues de seis.
Se rieron por lo bajo.
Oye… ¿y al final sí íbamos pa’ “El Mejor Polvo”?
El otro miró el cajón.
Compadre… no ves que ese era el dueño!!!!
Silencio.
Pesado.
Giraron la mirada.
En un rincón:
las putas.
Vestidas de negro improvisado.
Sin maquillaje.
Sin oficio.
Calladas.
Algunas lloraban.
Otras miraban fijo el cajón.
Y entre ellas…
caras conocidas por el pueblo,
pero ahora con otro nombre, otra vida, otro marido.
Hasta las putas están de luto…
Y más de una ahí… tiene algo de él .respondió el otro .
aunque no lo digan.
El aire cambió.
Más denso.
Más cargado.
Como si la casa estuviera llena
no solo de gente…
sino de sangre.
Y el muerto…
pareció moverse.
No el cuerpo.
Algo más hondo.
Como si oyera todo.
Como si supiera quién estaba.
Quién hablaba.
Quién callaba.
Compadre… este man no está tan muerto.
El otro miró la sábana blanca.
Los cirios.
El cajón.
O está muerto…
pero no tranquilo.
Afuera, la fiesta seguía.
Tambor.
Acordeón.
Risa.
Adentro, el velorio crecía.
Esto no es un velorio…
¿Entonces?
Es un hombre oyendo lo que nunca le dijeron en vida.
Silencio.
Y nosotros aquí… de gratis, gorreando.
Ni tan gratis…
ya viene otra ronda de café.
Se quedaron arrimados a la pared.
Forasteros.
Sin dolerles el muerto…
pero sintiendo el peso.
Porque en ese pueblo, compa…
los muertos no se van del todo,
los hijos tampoco,
y Anastasio Elías Montaño…
seguía ahí,
repartido entre todos.
hasta que llego el jovem médico, pero eso ya, eso es orra historia
Rafael Eduardpo Cervantes López,
Enero de 2025
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