CERRANDO CICLOS DE VIDA - Mi esudio

 











Cerrando ciclos de vida – El estudio –
Cuando decidí mudarme a “mi refugio”, comprendí que no estaba cambiando de habitación, sino de estación del alma. No era un simple desplazamiento físico dentro de la casa, era un gesto íntimo, casi biológico, como cuando una célula se repliega sobre su núcleo para proteger lo esencial. Allí entendí que pasaría la mayor parte del tiempo que me queda por existir, cómodamente instalado en un sofá amplio y firme, testigo silencioso de mis largas noches de vigilia. No como quien se rinde, sino como quien decide custodiar su territorio.
Mi estudio no es un cuarto. Es un organismo. Respira. Tiene un pulso lento que se activa cuando abro un libro, cuando escribo una prosa, cuando evoco a mi musa, cuando la aguja del tocadiscos desciende con precisión casi quirúrgica sobre un LP, cuando el mecanismo antiguo de una grabadora deja escapar el leve susurro magnético de una cinta. Cada objeto aquí posee memoria y temperatura, cada rincón guarda una conversación pendiente conmigo mismo.
En sus paredes descansan muchos de mis libros, algunos subrayados con furia juvenil, otros apenas rozados con la prudencia de los años. Están los que me transformaron, los que me acompañaron en guardias interminables, los que me enseñaron a pensar, a dudar, a resistir. No son volúmenes inertes, son capas de mi pensamiento sedimentadas en papel.
Mis discos, ahh los LP, los CD, los casetes, las cintas magnetofónicas, son más que música. Son cápsulas de tiempo. Cada uno conserva una versión distinta de mí, el joven que soñaba con conquistar el mundo, el hombre que aprendió que el mundo no se conquista, se comprende, el médico que, tras largas jornadas, encontraba en una sinfonía o en una voz desgarrada la forma más pura de descanso. La música ha sido mi analgesia y también mi diagnóstico, me ha calmado y, al mismo tiempo, me ha revelado.
También están los álbumes de fotos. Las imágenes no envejecen, envejecemos nosotros al mirarlas. Cada fotografía es una prueba forense del tiempo, rostros que ya no están, abrazos que se volvieron memoria, ciudades que dejaron de ser escenario para convertirse en recuerdo. Las paso con cuidado, como si temiera alterar la historia al tocarlas, como si el simple roce pudiera desordenar el equilibrio frágil de lo vivido.
Y está el olor. Ese aroma único del estudio, mezcla de papel antiguo, madera, polvo noble y silencio. A veces lo invade el bouquet profundo de un café recién hecho. Entonces el espacio adquiere una dimensión casi litúrgica. El vapor asciende como una plegaria doméstica y yo, con la taza entre las manos, me reconcilio con mis propias batallas.
Cuando decidí acuartelarme aquí no lo hice para huir del mundo, sino para ordenar mis ruinas y mis victorias. Entre la biblioteca y mis objetos personales comprendí que no eran simples acumulaciones, eran antiguas cicatrices de guerra. Cada libro leído, cada disco escuchado, cada nota escrita, cada poesía, cada prosa o suspiro, era una capa de dermis adquirida con los años. No se trataba de nostalgia, sino de identidad.
He aprendido que cerrar ciclos no significa clausurar puertas con violencia. Es, más bien, sentarse frente a ellas, mirarlas con serenidad y agradecer lo que dejaron entrar y salir. Mi estudio es el lugar donde practico ese ejercicio. Aquí no hay ruidos externos que impongan urgencias. Solo el tic-tac sordo y discreto del tiempo y mi respiración acompasada.
Si el mundo exterior es movimiento, mi estudio es gravedad. Si afuera todo exige, aquí todo espera. Y en esa espera descubro que no estoy atornillado al sofá por resignación, sino por elección. He decidido habitar mis recuerdos sin que me habiten a mí. He decidido escuchar mis discos como quien ausculta su propio corazón. He decidido que este refugio no sea trinchera de miedo, sino laboratorio de introspección.
Aquí cierro ciclos. No con estruendo, sino con música suave, con café humeante y con la certeza tranquila de que lo vivido, con sus luces y sus sombras, ha valido la pena

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