CERRANDO CICLOS - El Palomar
Me gustaban los domingos.
Para mí eran el día perfecto de la semana.
En aquellos días todo tenía un ritmo distinto.
El hogar amanecía más tranquilo, sin la prisa de los días de
escuela y, sobre todo, había algo que para nosotros era esencial…la familia aún
estaba completa.
Desde muy temprano comenzaba esa pequeña liturgia dominical que toda
vía hoy puedo evocar con claridad. Mi padre solía salir temprano a
buscar las delicias del desayuno. Caminaba hasta la panadería La Mejor y
regresaba con bolsas de pan aún tibio y otras cosas que, para nosotros, eran
verdaderos manjares. Luego todo pasaba por las manos de nuestra madre, que
tenía el don de convertir aquel desayuno en un pequeño acontecimiento familiar.
Había además otro ritual que anunciaba el domingo: ver a mi
padre lustrar los zapatos. Con paciencia aplicaba el betún Cherry Negro hasta
dejarlos relucientes como espejos. Era una escena que se repetía semana tras
semana y que, en la memoria de un niño, tenía algo de ceremonia doméstica.
Por ese entonces vivíamos en lo que con los años se
convertiría en el icónico edificio El Palomar. En uno de sus ángulos había un
espacio que para nosotros era mucho más que un patio.
Era nuestra cancha. Allí transcurrían muchas de las tardes
de los domingos. Ese era nuestro verdadero territorio.
Cuando terminaban las actividades familiares de la mañana, a
veces una visita a algún pariente, otras la ida al Asilo San Antonio o la misa
en la parroquia del barrio,
En ese momento comenzaba para nosotros la parte más esperada
del día. Nos alistaban con esmero, los zapatos brillando y el cabello
cuidadosamente peinado y untado de gomina Lechuga, como correspondía a la
ocasión.
Recuerdo bien aquellas misas. El sacerdote era el padre
Jorge Becerra, que por ese entonces era joven, quien aún no llegaba a los
treinta años.
Fue el mismo sacerdote que nos bautizó, que nos preparó para
la primera comunión y que acompañó muchos momentos importantes de las familias
del barrio. Con los años también celebraría matrimonios y las misas de
difuntos. Hoy ya no está, pero su figura permanece unida a aquellos recuerdos.
Pero si algo marcaba fuertemente los domingos de nuestra
infancia era la tarde en la cancha del edificio. Allí nos reuníamos todos los
muchachos de la vecindad. Jugábamos fútbol, béisbol, bola de trapo y chequita,
o cualquier otro juego que nuestra imaginación inventara en ese momento. El
jardín del Palomar podía convertirse, en cuestión de minutos, en un estadio, en
un campo de batalla o en cualquier escenario que hiciera falta para continuar
la aventura.
Para ese entonces mi hermano mayor y yo no sobrepasábamos
los diez años de edad. Vestíamos muchas veces pantalones cortos y en otro
momento de nuestras vidas pantalones largos de bota campana marca El Roble, que
por esos años estaban muy de moda entre los muchachos. Aquella moda del
pantalón marcaba una frontera silenciosa entre la infancia y el paso a la
pubertad, etapa que yo, naturalmente, me resistía a abandonar.
Éramos un pequeño grupo de amigos inseparables del barrio:
el crack del barrio, Migue, su hermano Fernad,
Blacho y Richy, Pelusa y el Gordito, el combo de las hermanas Escobares
y algunos más que hoy siguen viviendo en la memoria. Aquellas tardes parecían
interminables. Corríamos sin descanso, discutíamos jugadas, volvíamos a empezar
el partido una y otra vez. La infancia tiene esa energía irrepetible que los
años se llevan, pero que la memoria conserva intacta.
A medida que la tarde avanzaba, el juego continuaba hasta
que la luz comenzaba lentamente a cambiar. Era entonces cuando, desde alguna de
las ventanas del edificio, aparecía la figura de mi madre llamándonos,
requiriéndonos.
Aquella era la señal inequívoca de que el domingo estaba
llegando a su final,
Y había que recogerse.
Al regresar al hogar comenzaba otro pequeño ritual
dominical. Tocaba revisar las tareas escolares y preparar el fiel y legendario
maletín de cuero, con su olor característico a lápiz, papel y, a veces, a las
migajas olvidadas de los recreos escolares,
Recuerdo bien aquel maletín de cuero que parecía pasar de
una generación a otra con correas para colgarlo al hombro, adornado con las
letras ABC. Allí guardábamos los cuadernos marca Modelo, con sus forros
plásticos rojos, verdes y amarillos, los libros y todo lo necesario para
comenzar una nueva semana.
Como parte final de esa rutina dominical, ya en casa nos
reuníamos frente al televisor. Sus imágenes eran en blanco y negro y, por
supuesto, no tenía control remoto, porque por entonces nadie imaginaba que algún
día existiría algo parecido. Disfrutábamos de los programas hasta el final de
la hora infantil, y eso se respetaba con disciplina. Si alguien quería cambiar
el canal tenía que levantarse y girar la perilla del aparato. Pero para
nosotros aquello tenía poca importancia. Lo verdaderamente importante estaba
afuera, en la cancha improvisada del jardín.
La casa recuperaba entonces una calma distinta. Era el final
del domingo.
Hoy, muchos años después, cuando paso por el barrio y me
detengo por un momento en la esquina legendaria del edificio El Palomar, no
puedo evitar levantar la mirada hacia sus ventanas. Algunas casas de la cuadra
aún permanecen, otras han sido transformadas o reemplazadas por nuevas
construcciones. El barrio, como todo en la vida, también ha cambiado.
Pero por un instante, al mirar aquellas ventanas, el tiempo
parece retroceder. Vuelvo a ver a mi madre asomándose y llamándonos para que
regresáramos a casa porque se había terminado la hora del juego, porque había
que revisar los deberes y prepararse para descansar. Respiro hondo, exhalo
lentamente, me invade una emoción profunda y las lágrimas comienzan a correr
sin pedir permiso. Es como si una vieja cinta cinematográfica pasara ante mis
ojos a toda velocidad.
Entonces comprendo que los años pasan, que las ciudades
cambian y que muchas personas queridas ya no están. Ya no volverán los
desayunos dominicales, ni las siestas tranquilas, ni las visitas familiares, ni
las idas al asilo. Tampoco aquellas caminatas a la iglesia, porque el padre Becerra
ya no oficiará más, y mi viejo no volverá a lustrar los zapatos como lo hacía
todos los domingos.
Pero cuando levanto la mirada hacia las ventanas del
Palomar, todavía me parece escuchar la voz de mi madre llamándonos para que
entráramos a casa.
Y por un instante, muy breve, vuelvo a ser aquel niño que no
quería que el domingo se terminara
Y todavía, cuando el viento pasa entre las ventanas del
Palomar, me parece escuchar su voz llamándonos desde lo alto:
¡Rafaeeeel… Edgardooo!
Y por un instante, muy breve, vuelvo a ser aquel niño que no
quería que el domingo se terminara.

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