CERRANDO CICLOS DE VIDA: La costurera de Beethoven

 

3 de marzo de 2026

 


CERRANDO CÍRCULOS DE VIDA

“LA COSTURERA DE BEETHOVEN”






 I. LA MOJANA: EL ORIGEN INVISIBLE

 Este episodio comienza hace más de cincuenta años, a finales de la década de los sesenta, con un punto de partida muy preciso: La Mojana.

 Arquímedes López, un errante agente viajero, que por ese entonces recorría la región Caribe de extremo a extremo, llevado por su oficio de pueblo en pueblo, entre caminos de polvo, ríos lentos y conversaciones que casi siempre comenzaban con un café, llegó en uno de sus tantos recorridos a La Mojana.

 Ese territorio mágico y anfibio del Caribe colombiano, donde los ríos se encuentran con las sabanas y donde el tiempo parece transcurrir con un ritmo propio, una tierra bendita a la que en verano se entra por caminos secos y polvorientos y en invierno por chalupas que avanzan entre aguas crecidas, un lugar como salido del realismo mágico, donde ya transcurrían, sin que muchos lo supieran, hechos y atmósferas que el mundo terminaría conociendo a través de la pluma de nuestro nobel literato; y fue justamente allí, sin saberlo, donde quedó sembrado el epicentro silencioso de una cadena de coincidencias que, con el paso de los años, terminarían llevándome hasta el personaje central de este breve relato.

 Allí vivían el hijo de un inmigrante italiano y su compañera, quienes en una parte de su casa tenían un modesto depósito donde se cruzaban mercancías, cuentas y voces. Era un lugar sencillo, pero siempre vivo, que le imprimía al pueblo un aire de pequeño mercado persa, no solo por la demanda constante, sino por la variedad casi inagotable de su mercancía.

López solía detenerse allí con frecuencia, como lo hacen los buenos conversadores. Degustaban un café, hablaban de lo necesario y de lo cotidiano, de lo divino y humano.

Fue en una de esas conversaciones, iguales en apariencia y distintas en destino, donde surgió la divina coincidencia, un hilo invisible que ya comenzaba a trazarse, sin que ninguno lo supiera, y que con los años terminaría conduciéndome hasta la modista.

En medio de aquella charla sin apuro, la mujer le preguntó a López, casi por cortesía:

¿Y usted dónde vive?

López, como quien no tiene prisa en guardar silencio, respondió con naturalidad:

Yo vivo en Barranquilla, cerca de la iglesia de La Torcoroma.

Y tras una breve pausa, como si la conversación aún tuviera algo pendiente por decir, añadió:

Y mi esposa es modista.

La mujer se sorprendió.

Sus hijos, quienes aún eran estudiantes, vivían precisamente allí, detrás de esa misma iglesia.

La conversación, que había comenzado como tantas otras, tomó entonces otro rumbo.

Cuando López mencionó el oficio de su esposa, la mujer respondió casi de inmediato, como si aquella necesidad hubiera estado esperando ese instante: necesitaba una modista.

Así, sin solemnidad ni anuncio, sin conciencia de su alcance, quedó establecido el vínculo.

Una relación simple, funcional al principio, entre una clienta y una costurera.

Pero ese fue el punto de origen.

El primer hilo.

Con los años comprendería que aquel lugar no era un escenario cualquiera.

La Mojana tenía una forma particular de sostener las historias. En ese mismo territorio, mucho antes de que López comenzara a recorrerlo, había pasado parte de su infancia Gabriel García Márquez. Su padre había trabajado allí como telegrafista.

Tal vez por eso, o quizá por algo más profundo, ese paisaje parecía contener una manera distinta de narrar la vida.

No es casual que en atmósferas como esa hayan encontrado forma relatos como “Crónica de una muerte anunciada o Los funerales de la Mamá Grande”, donde lo cotidiano convive con lo inevitable y donde los hechos, aun los más simples, adquieren un peso casi trágico.

Mucho antes de conocer a Marina, y sin saberlo, yo ya estaba contenido dentro de esa red invisible.

Los hilos habían sido tendidos.

Solo faltaba el momento en que, inevitablemente, se cruzaran.

 

II. EL ENCUENTRO (1978)

LA COSTURERA DE BEETHOVEN

Fue un domingo, a comienzos de 1978, poco antes del mediodía.

Para entonces yo tenía dieciocho años y cursaba el primer año de medicina.

 Un amigo, compañero del bachillerato y luego de la facultad, hijo de aquella mujer de La Mojana, me dijo casi sin darle importancia: Rafa, acompáñame a llevar unas prendas donde una modista que vive aquí cerca.

 Acepté sin presentir que ese trayecto mínimo, casi trivial, ya venía siendo tejido desde muchos años atrás, y que terminaría por alterar, en silencio, el curso de mi vida.

 Llegamos a una casa de dos plantas.

La modista vivía en la planta baja.

 Mi amigo tocó una puerta de una sola hoja.

Nos abrió una trabajadora del taller, que lo saludó con la familiaridad de quien reconoce a alguien de siempre.

Preguntó por la modista.

Sí, está. Adelante.

 Entramos. Yo venía detrás.

 Y entonces ocurrió (el hilo se desenreda).

 Tres cosas.

En ese orden.

La primera fue inmediata.

Al fondo de la sala vi un póster en blanco y negro de Beethoven.

Sentí una emoción súbita, difícil de explicar, como si algo en mí lo reconociera desde antes.

 La segunda.

A la izquierda, una pintura de aire surrealista y un autorretrato en acuarela intensa que, con el tiempo, ella misma me diría pertenecía a un hermano que un día desapareció en Tierralta.

A la derecha, un mueble de madera que cubría casi por completo la pared que separaba la sala del taller de costura.

Libros.

Objetos precolombinos.

Piezas antiguas dispuestas con un orden silencioso.

Y los discos.

Decenas de ellos, apilados, sin espacio para uno más, la mayoría con el sello inconfundible, emblemático de la Deutsche Grammophon.

Allí estaban

Mahler,
Dvořák,
Strauss,
Wagner,
Rimsky-Korsakov,
Mozart,
Haydn,
Beethoven… y muchos más.

Todos reunidos como si condensaran siglos de música, esperando su turno.

Como si aguardaran, pacientes, el gesto preciso de una mano que supiera escucharlos.

El tornamesa giraba lentamente.

Casi al mismo ritmo de mis pensamientos.

 La tercera cosa fue el ambiente.

Un olor persistente, envolvente, un incienso de la India que parecía adherirse a la memoria desde ese mismo instante.

Y la música.

Ah… la música.

La sonata Appassionata irrumpía con una fuerza casi física, llenándolo todo.

No pude contenerme.

¡Carajo… aquí vive un melómano!

Entonces apareció ella.

Como si emergiera de otro espacio.

Como si hubiera estado allí desde siempre, esperando el momento exacto de hacerse visible.

Venía del taller.

Caminaba con un paso suave, cadencioso, en una sincronía casi perfecta con el piano.

Era Marina.

La modista.

Para entonces no superaba los treinta y cinco años.

De estatura media, cuerpo firme, tez trigueña clara.

Cabello negro, corto, cuidadosamente llevado.

Un rostro juvenil, iluminado por una sonrisa amplia y serena.

Llevaba una cinta métrica alrededor del cuello, como una extensión natural de su oficio, con la misma precisión con que un médico lleva su fonendoscopio.

Las gafas reposaban sobre su cabeza.

Vestía una bata amplia, sobria.

Nos miró apasiblemente.

Y luego Sonrió.

 Y con una voz dulce, sin énfasis, casi indulgente, respondió:

 ¡Aquí no vive ningún melómano!

Hizo una pausa breve, apenas un instante suspendido en el aire, y añadió:

Aquí vive una melómana.

Y esa soy yo… Marina de López.

Así la conocí.

Sin saberlo aún, en ese preciso momento, uno de los hilos que había comenzado a tejerse en La Mojana terminaba de anudarse.

La costurera de Beethoven.

III. CUARENTA AÑOS DE AMISTAD

 Lo que comenzó ese día no fue un encuentro.

Fue el inicio de una continuidad.

Yo estaba entrando en la vida.

Ella ya la había construido.

Cuando la conocí, tenía tres hijos.

Su esposo, Arquímedes López, aún vivía.

Su casa no era solo un taller.

Era un espacio.

Un mundo.

Pronto descubrimos que compartíamos un mismo idioma:

la música, la literatura, el arte, la conversación.

Y ese reconocimiento fue inmediato.

Natural.

Sin esfuerzo.

Con el tiempo, su casa se convirtió en un refugio.

Los discos giraban como un ritual.

Beethoven era el más frecuente.

A veces escuchábamos en silencio.

Otras veces hablábamos durante horas.

Ella leía.

Lo hacía en voz alta.

Su voz, de un matiz suave y tranquilizante, llenaba el espacio.

Cartas de Rilke.

Páginas de Virginia Woolf.

Fragmentos de Marguerite Yourcenar.

Biografías de Stefan Zweig.

A veces recitaba.

Heine, Nervo, Goethe, Dickinson, Mistral, Plath, Whitman.

Dependía del día.

Dependía de la nostalgia.

Tenía una forma única de escuchar.

Y luego responder.

Nunca imponía.

Pero abría.

Siempre abría.

Era tolerante, lúcida, profundamente humana.

Por momentos salíamos.

Incursionábamos en bares bohemios, asistíamos a conciertos, a recitales en Bellas Artes, al cine club o al entonces recién inaugurado Teatro Amira de la Rosa.

Después regresábamos con algunos amigos a su casa.

El vino esperaba,

La conversación continuaba y

La noche se extendida.

A veces sorprendía.

También cocinaba.

Y lo hacía con la misma sensibilidad con la que elegía un disco o una tela.

Los años pasaron.

Yo crecí.

Me formé.

Trabajé.

Viví.

Y en ese tránsito, silenciosa y constante, Marina siempre estuvo.

Nuestra amistad atravesó décadas.

Cambios.

Distancias.

El tiempo.

Un tiempo después regresé de Buenos Aires.

Para entonces, ella ya no vivía en aquella casa de la planta baja.

Se había instalado justo enfrente, como si no quisiera abandonar del todo ese territorio que había sido suyo.

Siempre añoró ese lugar.

Vivía rodeada de sus perros, de sus plantas, de sus objetos.

De su mundo.

Su mundo íntimo.

Exclusivo.

Protegido.

Un espacio en el que tuve el privilegio de entrar muchas veces.

De compartir con ella momentos de una intimidad casi espiritual.

Allí comprendí mejor quién era.

Una mujer de otra época.

De otro mundo.

De otra textura.

Hecha de un tejido distinto.

Como salida de una pieza de Chopin o de alguna de esas novelas que tanto amaba.

A mi regreso, la encontré interesada en los avances de la ciencia.

Preguntaba, escuchaba, reflexionaba.

Pero en esencia no había cambiado.

Habían pasado muchos años.

Los suficientes para llenar de canas nuestras cabezas.

Para obligarnos a caminar más despacio.

A habitar el tiempo con más pausa.

Y, sin embargo, algo permanecía intacto:

el gesto de tomar un disco,

posarlo sobre el tornamesa,

y dejar que la música hiciera su trabajo.

Seguía leyendo a Woolf.

Seguía degustando sus vinos.

Seguía habitando ese mundo suyo, sin concesiones.

Sus hijos habían crecido.

Y con ellos también compartí muchos de esos momentos.

Conversábamos.

Reíamos.

Y a veces, sin evitarlo, llorábamos por los días que, junto a otros amigos, ya no volverían.

Hasta que llegó septiembre de 2021.

Murió a los setenta y siete años.

Su ausencia dejó un silencio real.

Un silencio que se siente.

Pero no definitivo.

Porque hay presencias que no desaparecen.

Se transforman.

A veces, cuando vuelvo a escuchar la Appassionata, regreso a esa sala.

El incienso.

Los discos.

El tornamesa.

Y ella.

Saliendo del taller.

Con su cinta métrica.

Con su sonrisa leve.

Diciendo:

Aquí no vive ningún melómano…

Aquí vive una melómana….

Y entonces comprendo algo que solo el tiempo revela:

que los círculos de la vida no se cierran al final.

Se cierran mucho antes.

Sin que uno lo sepa.


EPÍLOGO

 

Con los años he aprendido que algunas presencias no desaparecen.

Se desplazan.

Se alojan en lugares inesperados, en una música, en un olor, en una forma de mirar el mundo.

 A veces basta una nota de piano, el giro lento de un tornamesa o el silencio de una tarde cualquiera, para que todo regrese con una claridad intacta.

No como recuerdo.

Sino como continuidad.

 Hay encuentros que no pertenecen al azar.

Pertenecen a una arquitectura invisible que solo el tiempo revela.

 Y hay personas, muy pocas, que no pasan por la vida de uno.

La atraviesan.

La ordenan.

La transforman.

Después se van.

Pero no del todo.

Hasta que llegó septiembre de 2021.

Yo estaba en otra ciudad.

No la vi partir.

No pude despedirme.

No estuve en su sepelio.

No caminé junto a los suyos hasta su última morada.

No pude decirle cuánto la extrañaría.

Quedaron sin pronunciar esas palabras simples que a veces lo contienen todo:

gracias,

hasta luego,

nos volveremos a encontrar.

Porque dejan algo que no se nombra con facilidad,

una forma distinta de escuchar,

de pensar,

de estar en el mundo.

 Tal vez por eso, al mirar hacia atrás, comprendo que nada de aquello fue casual.

Ni el viaje de López.

Ni la coincidencia de la Torcoroma.

Ni la puerta que se abrió aquel domingo antes del mediodía.

 Todo había comenzado mucho antes.

En otro lugar.

En otro tiempo.

En otro silencio.

 Y, sin embargo, todavía continúa.

 Porque, sin saberlo, ella quedó allí,

entre los acetatos y los libros,

junto a Beethoven,

 remendando el tiempo,

hilvanando la memoria,

y terminando, en silencio,

la sinfonía inconclusa


In memofian a Marina Lara de López

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