CERRANDO CICLOS DE VIDA: La costurera de Beethoven
3 de marzo de 2026
CERRANDO CÍRCULOS DE VIDA
“LA COSTURERA DE BEETHOVEN”
López solía detenerse allí con frecuencia, como lo hacen los buenos conversadores. Degustaban un café, hablaban de lo necesario y de lo cotidiano, de lo divino y humano.
Fue en una de esas conversaciones, iguales en apariencia y distintas en destino, donde surgió la divina coincidencia, un hilo invisible que ya comenzaba a trazarse, sin que ninguno lo supiera, y que con los años terminaría conduciéndome hasta la modista.
En medio de aquella charla sin apuro, la mujer le preguntó a López, casi por cortesía:
¿Y usted dónde vive?
López, como quien no tiene prisa en guardar silencio, respondió con naturalidad:
Yo vivo en Barranquilla, cerca de
la iglesia de La Torcoroma.
Y tras una breve pausa, como si la conversación aún tuviera algo pendiente por decir, añadió:
Y mi esposa es modista.
La mujer se sorprendió.
Sus hijos, quienes aún eran
estudiantes, vivían precisamente allí, detrás de esa misma iglesia.
La conversación, que había comenzado como tantas otras, tomó entonces otro rumbo.
Cuando López mencionó el oficio de
su esposa, la mujer respondió casi de inmediato, como si aquella necesidad
hubiera estado esperando ese instante: necesitaba una modista.
Así, sin solemnidad ni anuncio, sin conciencia de su alcance, quedó establecido el vínculo.
Una relación simple, funcional al
principio, entre una clienta y una costurera.
Pero ese fue el punto de origen.
El primer hilo.
Con los años comprendería que aquel lugar no era un escenario cualquiera.
La Mojana tenía una forma
particular de sostener las historias. En ese mismo territorio, mucho antes de
que López comenzara a recorrerlo, había pasado parte de su infancia Gabriel
García Márquez. Su padre había trabajado allí como telegrafista.
Tal vez por eso, o quizá por algo más profundo, ese paisaje parecía contener una manera distinta de narrar la vida.
No es casual que en atmósferas como esa hayan encontrado forma relatos como “Crónica de una muerte anunciada o Los funerales de la Mamá Grande”, donde lo cotidiano convive con lo inevitable y donde los hechos, aun los más simples, adquieren un peso casi trágico.
Mucho antes de conocer a Marina, y sin saberlo, yo ya estaba contenido dentro de esa red invisible.
Los hilos habían sido tendidos.
Solo faltaba el momento en que,
inevitablemente, se cruzaran.
II. EL ENCUENTRO (1978)
LA COSTURERA DE BEETHOVEN
Fue un domingo, a comienzos de
1978, poco antes del mediodía.
Para entonces yo tenía dieciocho
años y cursaba el primer año de medicina.
La modista vivía en la planta
baja.
Nos abrió una trabajadora del
taller, que lo saludó con la familiaridad de quien reconoce a alguien de
siempre.
Preguntó por la modista.
Sí, está. Adelante.
En ese orden.
La primera fue inmediata.
Al fondo de la sala vi un póster
en blanco y negro de Beethoven.
Sentí una emoción súbita, difícil de
explicar, como si algo en mí lo reconociera desde antes.
A la izquierda, una pintura de
aire surrealista y un autorretrato en acuarela intensa que, con el tiempo, ella
misma me diría pertenecía a un hermano que un día desapareció en Tierralta.
A la derecha, un mueble de madera
que cubría casi por completo la pared que separaba la sala del taller de
costura.
Libros.
Objetos precolombinos.
Piezas antiguas dispuestas con un
orden silencioso.
Y los discos.
Decenas de ellos, apilados, sin
espacio para uno más, la mayoría con el sello inconfundible, emblemático de la
Deutsche Grammophon.
Allí estaban
Mahler,
Dvořák,
Strauss,
Wagner,
Rimsky-Korsakov,
Mozart,
Haydn,
Beethoven… y muchos más.
Todos reunidos como si condensaran
siglos de música, esperando su turno.
Como si aguardaran, pacientes, el
gesto preciso de una mano que supiera escucharlos.
El tornamesa giraba lentamente.
Casi al mismo ritmo de mis
pensamientos.
Un olor persistente, envolvente,
un incienso de la India que parecía adherirse a la memoria desde ese mismo
instante.
Y la música.
Ah… la música.
La sonata Appassionata irrumpía
con una fuerza casi física, llenándolo todo.
No pude contenerme.
¡Carajo… aquí vive un melómano!
Entonces apareció ella.
Como si emergiera de otro espacio.
Como si hubiera estado allí desde
siempre, esperando el momento exacto de hacerse visible.
Venía del taller.
Caminaba con un paso suave,
cadencioso, en una sincronía casi perfecta con el piano.
Era Marina.
La modista.
Para entonces no superaba los
treinta y cinco años.
De estatura media, cuerpo firme,
tez trigueña clara.
Cabello negro, corto,
cuidadosamente llevado.
Un rostro juvenil, iluminado por
una sonrisa amplia y serena.
Llevaba una cinta métrica alrededor del cuello, como una extensión natural de su oficio, con la misma precisión con que un médico lleva su fonendoscopio.
Las gafas reposaban sobre su
cabeza.
Vestía una bata amplia, sobria.
Nos miró apasiblemente.
Y luego Sonrió.
Hizo una pausa breve, apenas un
instante suspendido en el aire, y añadió:
Aquí vive una melómana.
Y esa soy yo… Marina de López.
Así la conocí.
Sin saberlo aún, en ese preciso momento, uno de los hilos que había comenzado a tejerse en La Mojana terminaba de anudarse.
La costurera de Beethoven.
III. CUARENTA AÑOS DE AMISTAD
Fue el inicio de una continuidad.
Yo estaba entrando en la vida.
Ella ya la había construido.
Cuando la conocí, tenía tres hijos.
Su esposo, Arquímedes López, aún
vivía.
Su casa no era solo un taller.
Era un espacio.
Un mundo.
Pronto descubrimos que compartíamos un mismo idioma:
la música, la literatura, el arte,
la conversación.
Y ese reconocimiento fue
inmediato.
Natural.
Sin esfuerzo.
Con el tiempo, su casa se convirtió en un refugio.
Los discos giraban como un ritual.
Beethoven era el más frecuente.
A veces escuchábamos en silencio.
Otras veces hablábamos durante
horas.
Ella leía.
Lo hacía en voz alta.
Su voz, de un matiz suave y
tranquilizante, llenaba el espacio.
Cartas de Rilke.
Páginas de Virginia Woolf.
Fragmentos de Marguerite
Yourcenar.
Biografías de Stefan Zweig.
A veces recitaba.
Heine, Nervo, Goethe, Dickinson,
Mistral, Plath, Whitman.
Dependía del día.
Dependía de la nostalgia.
Tenía una forma única de escuchar.
Y luego responder.
Nunca imponía.
Pero abría.
Siempre abría.
Era tolerante, lúcida, profundamente
humana.
Por momentos salíamos.
Incursionábamos en bares bohemios,
asistíamos a conciertos, a recitales en Bellas Artes, al cine club o al
entonces recién inaugurado Teatro Amira de la Rosa.
Después regresábamos con algunos
amigos a su casa.
El vino esperaba,
La conversación continuaba y
La noche se extendida.
A veces sorprendía.
También cocinaba.
Y lo hacía con la misma
sensibilidad con la que elegía un disco o una tela.
Los años pasaron.
Yo crecí.
Me formé.
Trabajé.
Viví.
Y en ese tránsito, silenciosa y constante, Marina siempre estuvo.
Nuestra amistad atravesó décadas.
Cambios.
Distancias.
El tiempo.
Un tiempo después regresé de Buenos Aires.
Para entonces, ella ya no vivía en
aquella casa de la planta baja.
Se había instalado justo enfrente,
como si no quisiera abandonar del todo ese territorio que había sido suyo.
Siempre añoró ese lugar.
Vivía rodeada de sus perros, de
sus plantas, de sus objetos.
De su mundo.
Su mundo íntimo.
Exclusivo.
Protegido.
Un espacio en el que tuve el privilegio de entrar muchas veces.
De compartir con ella momentos de
una intimidad casi espiritual.
Allí comprendí mejor quién era.
Una mujer de otra época.
De otro mundo.
De otra textura.
Hecha de un tejido distinto.
Como salida de una pieza de Chopin
o de alguna de esas novelas que tanto amaba.
A mi regreso, la encontré interesada en los avances de la ciencia.
Preguntaba, escuchaba,
reflexionaba.
Pero en esencia no había cambiado.
Habían pasado muchos años.
Los suficientes para llenar de
canas nuestras cabezas.
Para obligarnos a caminar más
despacio.
A habitar el tiempo con más pausa.
Y, sin embargo, algo permanecía
intacto:
el gesto de tomar un disco,
posarlo sobre el tornamesa,
y dejar que la música hiciera su
trabajo.
Seguía leyendo a Woolf.
Seguía degustando sus vinos.
Seguía habitando ese mundo suyo,
sin concesiones.
Sus hijos habían crecido.
Y con ellos también compartí
muchos de esos momentos.
Conversábamos.
Reíamos.
Y a veces, sin evitarlo,
llorábamos por los días que, junto a otros amigos, ya no volverían.
Hasta que llegó septiembre de
2021.
Murió a los setenta y siete años.
Su ausencia dejó un silencio real.
Un silencio que se siente.
Pero no definitivo.
Porque hay presencias que no
desaparecen.
Se transforman.
A veces, cuando vuelvo a escuchar
la Appassionata, regreso a esa sala.
El incienso.
Los discos.
El tornamesa.
Y ella.
Saliendo del taller.
Con su cinta métrica.
Con su sonrisa leve.
Diciendo:
Aquí no vive ningún melómano…
Aquí vive una melómana….
Y entonces comprendo algo que solo
el tiempo revela:
que los círculos de la vida no se
cierran al final.
Se cierran mucho antes.
Sin que uno lo sepa.
EPÍLOGO
Con los años he aprendido que
algunas presencias no desaparecen.
Se desplazan.
Se alojan en lugares inesperados,
en una música, en un olor, en una forma de mirar el mundo.
No como recuerdo.
Sino como continuidad.
Pertenecen a una arquitectura
invisible que solo el tiempo revela.
La atraviesan.
La ordenan.
La transforman.
Después se van.
Pero no del todo.
Hasta que llegó septiembre de
2021.
Yo estaba en otra ciudad.
No la vi partir.
No pude despedirme.
No estuve en su sepelio.
No caminé junto a los suyos hasta
su última morada.
No pude decirle cuánto la
extrañaría.
Quedaron sin pronunciar esas palabras simples que a veces lo contienen todo:
gracias,
hasta luego,
nos volveremos a encontrar.
Porque dejan algo que no se nombra con facilidad,
una forma distinta de escuchar,
de pensar,
de estar en el mundo.
Ni el viaje de López.
Ni la coincidencia de la
Torcoroma.
Ni la puerta que se abrió aquel
domingo antes del mediodía.
En otro lugar.
En otro tiempo.
En otro silencio.
entre los acetatos y los libros,
junto a Beethoven,
hilvanando la memoria,
y terminando, en silencio,
la sinfonía inconclusa
In memofian a Marina Lara de López
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