CERRANDO CICLOS DE VIDA - Epifanía, Aquí comienza la locura

 











Epifanía, Aquí comienza la locura

"Acá están todos los que son y nunca estarán los que ya no son"

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Allí me encontraba, en medio de tantas y tantas lecturas, y ya no sabía si era yo quien abría los libros o si eran ellos quienes me abrían a mí. 

El estudio respiraba como un organismo vivo, las paredes vibraban con Beethoven y Mahler, ambos desafiando al destino con sus sinfonías que quedaron inconclusas, como si la eternidad hubiese interrumpido la última nota para recordarnos que la obra humana siempre es un fragmento como en una partitura. Mozart, joven, precoz, casi insolente en su genio, dejaba caer travesuras musicales que parecían burlarse de la solemnidad de los siglos, mientras Dvorák arribaba al Nuevo Mundo con su sinfonía como si América fuese una promesa armónica aún por descifrar. Strauss elevaba su Así habló Zaratustra con una potencia solar que hacía temblar los estantes, y en algún rincón Nietzsche reafirmaba a Zoroastro entre sombras de nihilismo, como si la música y la filosofía se disputaran el derecho de anunciar el ocaso o el amanecer del hombre.

Conversaba con Homero mientras el mar Egeo desplegaba su grandeza azul y terrible, allí donde se tejieron mil batallas desde Algeciras hasta Estambul, como cantaba Serrat en su Mediterráneo, y Virgilio asentía con gravedad latina. Dante atravesaba su infierno con una serenidad trágica, y Shakespeare me miraba fijo mientras repetía ser o no ser, no como dilema teatral sino como herida ontológica frente al cogito de Descartes que insistía en pensar para existir, como si pensar fuese suficiente para salvarnos del abismo.

Por otro lado, Cervantes sonreía con noble ironía, mientras Heródoto trataba de relatarme gestas que aún sangraban, Esopo comprimía el mundo en fábulas breves, Omar Jayam alzaba su copa contra el polvo del tiempo, Gibran hablaba del amor como si fuese una sustancia tangible. Kafka me entregaba su metamorfosis con ternura devastadora, Hesse abría senderos interiores martirizado por el lobo estepario que lo consumía, entre tanto, Thomas Mann elevaba montañas mágicas y simbólicas, Virginia Woolf hacía fluir la conciencia como un río íntimo, Faulkner descomponía el tiempo, García Márquez y Rulfo suspendían pueblos en una atmósfera de memoria, Borges multiplicaba laberintos infinitos.

Y allí, entre el aroma del café criollo, estaba Marguerite Yourcenar, ligeramente desmemoriada, como si hubiera extraviado por un instante las Memorias de Adriano que ella misma dictó al emperador moribundo, buscando en el aire la voz de Roma mientras Simone de Beauvoir observaba sin azúcar en la taza, Frida Kahlo vestida de dolor y flores, Marie Curie irradiando serenidad bajo nocturnos que caían como plegarias.

Los severos ocupaban otro ángulo del estudio, Platón y Aristóteles custodiando sus entelequias, Hegel afirmado en su lógica como si sostuviera el esqueleto de la historia, Heidegger palpando el ser con angustia, Wittgenstein vigilando los límites del lenguaje, Kant inquieto ante el reloj de mi muñeca se paseaba desesperado por cumplir alguna cita, Sartre convocando la nada frente a un Goethe que defendía la descomposición de la luz, Freud sospechando un diagnóstico inevitable mientras Jung tejía arquetipos con Tomás de Aquino en una disputa bizantina y escolástica donde eros y razón reclamaban primacía.

De repente, la física comenzó entonces a respirarme en la nuca, Heisenberg introducía la incertidumbre como ley irrevocable, Bohr hablaba de complementariedad, Schrödinger sostenía su paradoja, Feynman dibujaba trayectorias invisibles, Hawking abría horizontes en los agujeros negros, y Einstein curvaba el espacio tiempo bajo mis pies como si el piso fuese un tejido elástico dispuesto a hundirse.

Yo los miraba impávido, absorto en medio de tanto frenesí, temiendo despertar la locura de Erasmo y que hasta un sordo que jamás escuchó su última sinfonía quedara trastornado por esta orquesta imposible. Entonces monté el fotón y cabalgué sin retroceder, guiado hacia la singularidad, no como una fuga de Bach, sino como destino, hasta aproximarme al átomo primitivo de Lemaitre, rozando ese muro, el límite de Planck con la delicadeza de quien sabe que un paso en falso puede precipitarlo en otro agujero negro.

Solo entonces comprendí allí, al borde del origen, que no viajaba hacia el pasado sino hacia la conciencia misma, que el Big Bang era también interior, una expansión súbita de todo cuanto ha sido pensado y sentido por la humanidad. Y entendí que la locura no era ruptura sino convergencia, que el ser y el no ser, el pensar y el existir, la luz y su ausencia, la música inconclusa y la palabra eterna, todo confabulaba en mi estudio, acompañándome, sosteniéndome, recordándome que solo existen los que son convocados por la conciencia ardiente, y que nunca estarán los que no son, porque el ser exige el riesgo de permanecer despierto ante su fulgor.

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