CERRANDO CICLOS DE VIDA - El encuentro

 










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El encuentro Era la década de los ochenta.
A comienzos de esos años, en Barranquilla se inauguraba el monumental Teatro Amira de la Rosa. Para ese entonces, yo era apenas un estudiante que hacía sus pininos en la Facultad de Medicina.
Por aquellos días asistí acompañado de la mujer que, años más tarde, se convertiría en mi compañera permanente. Fuimos con un entusiasmo casi infantil, difícil de describir, atraídos por lo que intuíamos sería, y lo fue, la mejor revista musical que jamás se presentara en aquel teatro emblemático.
A ambos nos gustaba el ballet, y esa noche se presentaba Alexander Godunov con su grupo, quien era uno de los bailarines vivos más grandes del mundo, el célebre desertor del Ballet Bolshói de la hoy extinta Unión Soviética.
Ese día ocurrió la segunda gran singularidad de mi existencia.
Ver volar, como un ave negra, por los costados del teatro a aquel enardecido coloso rubio nos dejó atónitos, suspendidos en un asombro infantil, semejante a la epifanía pura y sobrecogedora que sintió el patriarca José Arcadio Buendía cuando vio por primera vez su imagen reflejada en el hielo, el día en que los gitanos llegaron a Macondo con sus inventos prodigiosos.
Lo comprendí mejor muchos años después, entonces solo supe que algo profundo había quedado grabado en mí.
Años atrás, cuando aún cursaba los últimos grados del bachillerato en mi ciudad natal, se habían producido los sucesos más dramáticos de mi vida: la muerte de mi padre, a finales de los años setenta, y la llegada a mi destino de un personaje que marcaría mi rumbo de manera definitiva.
Por él abandoné mis sueños tempranos de ser físico y teólogo; fue quien me condujo, casi sin proponérselo, hacia la medicina y, más tarde, a seguir sus pasos en la radioterapia.
Recuerdo que me encontraba en la pequeña sala de espera del consultorio del Instituto de Tumores y Terapia Nuclear, donde laboraba como médico especialista en radioterapia el doctor Hermando Luján Ruiz. Era un hombre, como solían decir sus colegas, más conocido en el extranjero que en su propia tierra, una afirmación justa y bien merecida. No en vano fue uno de los pioneros de la oncología radioterapéutica en todo el Caribe colombiano.
Aquel día yo acompañaba a mi padre, quien asistía habitualmente a recibir tratamiento de radioterapia por un cáncer avanzado.
Permanecía sentado frente a una pared desnuda, de la que pendían apenas un par de diplomas: eran las huellas visibles de la vida académica de aquel galeno.
Uno de ellos provenía de uno de los hospitales más modernos y prestigiosos del mundo, el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York; el otro, no menos digno, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena.
Podía sentir el dolor que consumía a mi padre, y me dolía aún más no poder hacer nada por aliviarlo, no poder asistirlo en cada instante de su lenta agonía, de su desesperación silenciosa.
Solo me quedaba esperar a que lo atendiera aquel hombre en quien él, y toda mi familia, habían depositado su vida y su ilusión de poder ser aliviado de aquella enfermedad fatal. Era algo que, por entonces, yo no lograba comprender; una espera que quebrantaba mi fe y derrumbaba, una a una, mis creencias más profundas.
La sala estaba concurrida por personas que, al igual que mi padre, acudían diariamente, sin descanso, a recibir tratamiento con la firme esperanza de sanar.
En aquella estancia apretujada de pacientes y familiares se escuchaban, casi como un murmullo persistente, los comentarios sobre aquel doctor: algunos decían que bastaba con tocarlos, otros con posar sus manos sobre los tumores, y otros simplemente con estar frente a él para sentirse aliviados, reconfortados, llenos de una esperanza que parecía devolverles, aunque fuera por instantes, el deseo de seguir viviendo.
Fue entonces cuando la puerta que daba acceso al consultorio se abrió repentinamente.
Y, al igual que aquel suceso que años después viviría en el Teatro Amira de la Rosa, emergió la figura de un hombre impecable e imponente, vestido de punta en blanco. Recuerdo haberme fijado, casi sin querer, en los detalles: su bata de un blanco impoluto contrastaba con la camisa de puño, rematada por un par de gemelos discretos. En la muñeca, un reloj suizo de oro, engastado con esmeraldas, marcaba el tiempo con una solemnidad casi ritual.
Su frente adusta estaba coronada por una mata de cabello negro en forma de V, que hablaba de carácter, de determinación, de un hombre que parecía saberlo todo y tener, además, el poder de resolverlo.
Esa fue mi primera gran singularidad.
Ese día fui adoptado, sin palabras y casi sin darme cuenta, por un hombre que llenaría el espacio que aquel ser maravilloso, mi padre, comenzaba a dejar en mi vida.
Aquel día, mi padre me entregó casi en secreto al hombre en quien confiaría los últimos meses de su existencia terrenal.
Hoy, en la séptima década de mi vida, aún guardo memoria de esos hechos indelebles que marcaron mi devenir. Las promesas de juventud murieron a orillas de un camino largo que todavía deambulo.
Aún guardo luto por los que ya partieron, pero un luto hecho de recuerdos y nostalgias, de los momentos mejores y más intensos vividos en mi vida. Y en esa memoria, la figura del padre y la del mentor se funden en una sola silueta que, de algún modo, todavía me acompaña.
(In memorian del Dr. Hernando Lujan)

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